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Relato de un Interrail: tres países en menos de dos semanas

Relato de un Interrail: tres países en menos de dos semanas

Hace unas semanas os hablaba de cómo estaba organizando con mi hermana nuestro primer viaje de Interrail, todo lo que había aprendido, lo que no acababa de entender… Pues bien, la aventura terminó y, ¿qué puedo decir tras haber vuelto? ¡Necesito pensar en el próximo viaje!

Como os comenté, nuestra idea era recorrer Alemania, República Checa y Polonia en menos de dos semanas. Y lo hicimos, y tanto que lo hicimos… aunque no negaré que el plan sufrió algunas modificaciones sobre la marcha (no tantas como pensábamos antes de salir), debido a cálculos de tiempo erróneos, principalmente. Y como me cuesta mucho guardarme lo que sé, os dejo un resumen de lo que fue nuestro (intensivo e increíble) viaje en tren por Europa. ¡Pasajeros al tren!

1. De Madrid no fuimos al cielo, pero sí a Alemania.

Nuestra aventura empezó cogiendo un avión de Madrid a Bremen, una buena opción para empezar el Interrail si se sale desde España ya que desde la capital hasta esta bonita ciudad alemana los vuelos son bastante económicos, al no ser de los lugares más frecuentados del país germano. Nosotras volamos con Ryanair.

La primera noche la pasamos en Bremen, en el Townside Hostel Bremen (después de andar un buen rato y bajarnos del tranvía para volvernos a subir al mismo, por error, a altas horas de la noche). La mañana del día siguiente la dedicamos a ver esta pequeña ciudad con tanto encanto, en la que, pese al frío y la lluvia, nos dejamos embelesar por su colorida Markplatz y nos hicimos la foto de rigor con los (afamados y escondidos) músicos de Bremen.

Las sinuosas y adoquinadas callejuelas de Bremen y un marcado paso rápido, que nos acompañaría durante tooodo el viaje, nos llevaron hasta la estación de tren de esta ciudad, desde la que, en solo una hora, llegamos a Hamburgo.

Estación de tren de Bremen, Alemania.

Una de las cosas buenas que tiene Alemania para movernos en tren es que su sistema de transporte ferroviario funciona a la perfección y no resulta complicado ir de un lugar a otro, más bien al contrario. Podéis conseguir toda la información sobre este en la web de S-Bahn.

Hamburgo, esa ciudad del norte de Alemania de la que tan bien nos habían hablado, no nos gustó en exceso (tómese en consideración que somos más de saltar por la naturaleza que de hacerlo de iglesia en iglesia) y, probablemente, no ayudó el hecho de que nuestro alojamiento, el The Hostel, estuviese algo apartado del centro. Aun así, le dedicamos un día, prácticamente, entero.

Monckebergstrasse, en Hamburgo, Alemania.

En nuestro tercer día, el destino elegido para pasar la mañana (solo estuvimos medio día, siguiendo nuestra apretada planificación) fue Berlín, donde llegamos en tren, en un par de horas desde Hamburgo. Aun así, nuestro particular Berlín Exprés, como lo bautizamos, nos dejó ver la puerta de Brandemburgo, la Plaza de la República, la Potsdamer Platz, el Checkpoint Charlie… ¡y hasta pudimos comer salchichas veganas!

Plaza de la República de Berlín, en Alemania.

Sobre las 14.30 h, cogimos el segundo tren del día para cambiar ya de país, nuestro siguiente destino era… ¡la República Checa! En este caso, podríamos haber aprovechado para parar en Dresde, que estaba en nuestro planning por atractivo, porque el mismo tren que te cambia de país, pasa por allí (hace una parada bastante larga, de hecho) pero, en nuestro caso, íbamos bastante justas de tiempo.

2. Cruzando la frontera: de Alemania a la República Checa.

La primera parada real en la República Checa fue en Praga, a donde llegamos en menos de 5 horas desde Berlín. Pero esa noche no nos quedamos en la capital checa sino que cambiamos de tren para llegar hasta Kutna Hora. ¿Que por qué hicimos esto? Porque nos apetecía dormir en algún sitio pequeño más que en otra gran capital (en este caso, nos alojamos en el Hotel Medinek). Y creedme: acertamos.

Estación de tren de Kutna Hora, República Checa.

Esta pequeña localidad de la Bohemia Central, en la que parece haberse detenido el tiempo (empezando por el tren en el que llegamos hasta allí, que cambia el sentido sin cambiar de vía), tiene muchísimo encanto.

Sopa de col roja en Brno, República Checa.Tras medio día callejeando por aquí y contemplando maravillas arquitectónicas como la imponente iglesia de Santa Bárbara o la de San Jacobo, y disfrutando del soleado día en alguna que otra terraza, cogimos otro tren que nos llevaría de vuelta a Praga. En este caso, el billete lo pagamos aparte porque no teníamos suficientes días de viaje en nuestro pase Interrail, por el módico precio de 193 coronas checas (unos 7 euros), las dos.

Esa noche dormimos (y pasamos algo de miedo, para ser sinceras) en el Hotel Strahov. Pero tampoco nos quedamos ahí sino que nuestro quinto día lo disfrutamos en Brno. A esta pequeña localidad, situada a unas tres horas en tren de la capital checa y unas dos de Viena, fuimos y volvimos en el día.

Allí pudimos disfrutar de la Catedral de San Pedro, la fuente del Parnaso o el Castillo de Špilberk pero, sobre todo, de una riquísima sopa de col roja en el Stredoveka Kucma, gracias a la recomendación de David Escribano, uno de los editores de Viajablog.

Por fin en Praga, y tras dormir en el céntrico Little Quarter Hostel, pudimos dejarnos maravillar, durante nuestro sexto día, por el puente de Carlos, el Reloj Astronómico o la casa danzante de Frank Gehry.

El cierre del día nos llevaría a viajar desde Praga hasta Cracovia en un tren nocturno. Esta opción es muy recomendable si queréis ahorraros el alojamiento esa noche y no os importa llegar sin ganas de hablar con nadie por el cansancio :).

Tened en cuenta que en la página web de los trenes de Polonia no es posible comprar los billetes (sí es útil para mirar los horarios) y aunque existen algunas agencias locales que pueden hacerlo por vosotros con total comodidad (Polrail, por ejemplo), lo mejor es hacerlo, directamente, en las taquillas de la primera estación polaca en la que os bajéis o, como hicimos nosotras, en la última de la República Checa en la que estéis. Suele haber disponibilidad y nosotras nos ahorramos unos 10 euros.

Vista panorámica de Praga, en la República Checa.

El sistema ferroviario de la República Checa, operado por České dráhy, también funciona bastante bien y os resultará sencillo consultar las opciones con las que contáis en su página web.

3. Polonia: historia y encanto a partes iguales

Después de las ocho maravillosas horas que pasamos durmiendo (intentándolo, en mi caso, con collarín y tapones incluidos) en el asiento del tren que nos llevaría hasta Cracovia, nuestras fuerzas empezaron a flaquear. Seguramente, por eso perdimos el tren que nos tenía que llevar hasta el campo de concentración de Auschwitz. Por eso y por el hecho de encontrarnos en una estación perdida de tren de Polonia sin indicación alguna y siguiendo a una madre y una hija con menos idea que nosotras.

Imagen del museo del campo de concentración de Auschwitz, en Cracovia.

Para solucionarlo y conseguir llegar a la hora para la que teníamos las entradas, que habíamos comprado por internet, como un mes antes, y en inglés (ahora, preguntadle a mi hermana qué entendió) cogimos un minibús, de los tantos que salen de Cracovia con bastante frecuencia (cada media hora, aproximadamente) y te dejan en la entrada. Esto es algo a tener en cuenta al elegir entre autobús y tren porque la estación de tren está a unos 20 minutos andando, a paso rápido.

Estación de tren de Osviecim, cerca del Museo del campo de concentración.

Esa noche, la del séptimo día, la pasamos en Cracovia, en el Hostel Benedykta, ciudad de la que disfrutamos (y nos enamoramos) durante parte de la jornada siguiente. Unas horas después de visitar su barrio judío y la fábrica de Schindler, entre otras muchas cosas, cogimos el tren que, en unas dos horas y media, nos llevaría hasta nuestra última parada: Varsovia.

Parque Real Lazienki, en Varsovia, Polonia.

Allí nos recreamos, y redujimos la marcha, durante un día y medio (dos noches que pasamos en el Tatamka Hostel) andando por las calles de su Ciudad Vieja, por el Parque Real Lazienki, viendo el monumento a Copérnico o disfrutando de la Plaza del Mercado, afamada por la sirena que la preside. Por sus calles cercanas aprovechamos para comprar algún que otro souvenir.

La vuelta, una con lágrimas en los ojos porque el viaje llegaba a su fin y la otra con ganas de pisar suelo español, la hicimos de Varsovia a Madrid, con Norwegian Airlines, y con un billete que también nos salió bastante económico.

Monumento a Copérnico en Varsovia, Polonia.

El resumen podría ser que tuvimos un viaje de lo más acelerado y que, obviamente, podríamos habernos detenido más en cada ciudad. Pero de haberlo hecho así, dado el poco tiempo con que contábamos, nos hubiésemos perdido muchos suelos por los que queríamos andar y muchos trenes hacia los que correr. Suerte que las estaciones de tren por las que nos movimos siempre estaban en el centro de las ciudades.

Lo que debéis tener en cuenta, si os animáis a hacer un viaje de este estilo, es que no todos los países tienen la misma moneda. Nosotras tuvimos que cambiar de euros a coronas checas y a zlotys polacos con Global Exchange.

Y vosotros, ¿habéis hecho ya algún Interrail?

© Imágenes: Miriam Gómez Blanes.

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Miriam Gómez Blanes

Periodista inquieta y adicta a la escritura sin solución, actualmente coordino los contenidos del blog de viajes de Global Exchange, «Travel and Exchange». También cuento otras historias y realidades en mi blog: www.overthewhitemoon.com. Y lo hago mientras recorro el mundo. Si un viaje me dice ven, lo dejo todo.

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